El conocimiento científico está en constante evolución y es posible que nuevos experimentos puedan poner en duda las construcciones teóricas. Un ejemplo es el descubrimiento de los "cuasi cristales" por parte del ingeniero israelí Dan Schechtman en la década del 80: llevó a modificar los paradigmas de la cristalografía de una manera tan radical que hoy se define un cristal no ya como una estructura periódica sino como un arreglo microscópico que origina un diagrama discreto de difracción de rayos X. Ese descubrimiento tuvo que ser reproducido en otros laboratorios para que fuera aceptado por la comunidad científica. Finalmente, fue avalado por el Nobel de Química otorgado a Schechtman en 2011. El experimento en el cual se detectaron neutrinos viajando a una velocidad mayor que la de la luz deberá ser repetido en otros laboratorios para ser reconocido como cierto. Hay experimentos que no son reproducibles y por lo tanto no son aceptables, como por ejemplo los de "fusión fría", de Fleischmann y Pons, realizados a fines de la década del 80. El mismo Einstein reconocía que aunque varios experimentos estén de acuerdo con una teoría, ello no significa que esta sea correcta; en cambio, basta una prueba que no coincida con la teoría para cambiarla. Por supuesto que el experimento debe ser reproducible en cualquier parte del mundo.
El peso de los experimentos
Néstor Katz | Doctor en Química e Investigador de Inquinoa - Conicet